martes, 8 de septiembre de 2015

Quédate Conmigo (Adaptada)




Capítulo O5

No podía dormir. Ni la ducha caliente, ni contar ovejas, ni leer tres capítulos de un libro aburrido, nada funcionaba. Estaba desvelada y, por más que tratara de evitarlo, no podía dejar de pensar en Álvaro. Las dos horas que había durado la cena se le habían hecho interminables.

Se había sentado a su lado, había sonreído y le había pasado las patatas como si fuera cualquiera de los invitados de sus padres. Lo que no era así en absoluto. Desde luego, tenía buen apetito, pensó Joanne . Comiendo como comía, no podía entender que Álvaro no tuviera veinte o treinta kilos más; pero el hombre no tenía ni un gramo de grasa. Lo había advertido cuando Tyler la había hecho caer sobre sus potentes brazos y Álvaro la había sujetado contra el pecho. Era todo músculo, de punta a punta de sus anchos hombros.


Es decir, que seguía tal como lo recordaba hacía cinco años.

¿Cómo podía aparecer de repente y poner toda su vida patas arriba?

Joanne se incorporó y encendió la lámpara de noche. Cruzarse con Álvaro en el supermercado era una cosa, pero que éste se presentara en su casa y sedujera a toda su familia con su encanto era totalmente diferente.

La imagen de su hijo dándole la manita a Álvaro quedaría grabada para siempre en su memoria. En ese momento, había tenido la sensación de que el mundo se había detenido y no existía nadie salvo ellos dos. Los dos hombres que, sin quererlo, habían transformado su vida, sin que ninguno de los dos supiera lo importantes que para ella eran.

Después, tras haber recuperado la respiración, se había limitado a mirarlos asombrada, sin poder creerse que dos personas tan fantásticas formaran parte de su vida. Había experimentado una inmensa e inesperada calma. De pronto, como si hubiera estado esperando ese momento sin ser consciente de ello, se había sentido muy aliviada, liberada del temor por lo que podría suceder en caso de que Álvaro llegara a conocer a su hijo.

Pero, ¿cómo iba a sospechar siquiera que él era padre de Tyler, si no era consciente de haber hecho el amor con ella?

Suspiró profundamente y miró la habitación alrededor. Aquél había sido su dormitorio hasta que diez años antes se había ido de casa. Se había marchado a una universidad de Oxford buscando nuevas emociones, pero no había tardado en comprender que una chica tímida como ella no encajaba en la gran ciudad. Aún así, había aguantado el tirón, se había licenciado como periodista y había conseguido su primer trabajo, en el periódico de Manchester. Había comenzado sirviendo cafés, pero Joanne se había jurado que, de alguna manera, lograría hacerlos ver que era capaz de redactar buenos artículos. Lo único que necesitaba era una oportunidad.

Ocho meses después, debido a una gripe que había dejado en cama a dos tercios de la plantilla, le había llegado su oportunidad debía asistir al circuito en el que se celebraba el Campeonato de Motociclismo y entrevistar al dos veces campeón Álvaro Herreros.

De todos los famosos del mundo, el destino le había elegido a Álvaro Herreros, el hombre que la había defendido cuando ella tenía trece años y Roger Gerckee, después de reírse de sus gafas y de su coleta roja, le había quitado la comida y la había tirado a la basura. Entonces, como un caballero sobre un caballo blanco, Álvaro había aparecido y se había dirigido a Roger en un tono lentamente calmado. Y, después de decirle que no debía desperdiciar así la comida, había tirado a Gerckee al mismo contenedor de basura. Todo el colegio lo había celebrado con vítores y ella se había enamorado.

Nunca le había contado a nadie sus sentimientos hacia Álvaro. Se habría convertido en el hazmerreír del instituto de haberlo hecho. Porque ella no era como las demás chicas, que siempre sabían qué decir, qué ropa llevar y cómo comportarse. Ella no encajaba y enamorarse de un chico como Álvaro era absurdo; no sólo era mayor que ella, sino que formaba parte del Trío de los Chicos Malos... De modo que se había resignado a que Álvaro no se fijara en ella.

Así, se había refugiado en las clases y los libros, reservándose para sí sus fantasías sobre Álvaro.

Fantasías en las que ella se convertía en una mujer despampanante que le robaba el corazón; fantasías que la habían acompañado durante todo el instituto y toda la universidad.

Hasta que hacía cinco años y seis meses se había visto obligada a entrevistarlo a fin de no perder su empleo.

Había visto la carrera en la que Álvaro había vuelto a proclamarse campeón nacional, había conducido hasta el hotel donde éste se alojaba y, tras reunir el valor necesario, había subido hasta su suite.

La fiesta de celebración se hallaba en pleno apogeo. El salón estaba atestado de invitados que no paraban de hablar y reír, la música sonaba a todo volumen y un hombre rubio se paseaba con una bandeja de copas de champán en la mano. Todas las mujeres eran guapas, al igual que los hombres, lo que la había hecho sentirse fuera de lugar.

No podía realizar aquella entrevista. Todavía no había visto a Álvaro y tampoco éste la había visto a ella. Si se marchaba en ese momento no tendría que sufrir la humillación de que Álvaro no la reconociera.

Entonces, cuando ya estaba yéndose, pensando qué mentira le contaría a su jefe, el hombre del champán le bloqueó el paso y le ofreció una copa:

—¿Te mandan del hotel? —había preguntado él.—Yo...—Es en el baño del dormitorio —la había interrumpido el hombre. Joanne había tratado de explicar que no era del hotel, pero la música estaba muy alta y el hombre no había logrado oírla y la había acabado llevando hasta el cuarto de baño, para marcharse a continuación. Una vez a solas, después de echar el cerrojo, había mirado su copa de champán y se la había bebido de un trago. Y, aunque no tenía costumbre de beber, le había gustado el burbujeo que había sentido en la garganta. Así como la súbita desinhibición que había empezado a entrarle.

Había sacado la grabadora del bolso, había dicho probando, probando para comprobar que funcionaba y, después, se había fijado en el reflejo de su imagen en el espejo. Al menos podía haberse pintado los labios un poco, o intentar hacer algo con el pelo, pensó Joanne, que nunca hasta entonces se había preocupado por cosméticos ni peinados especiales.

Pero en esos momentos ya no tenía remedio. Entonces, al abrir el grifo del lavabo, un chorro de agua fría le había empapado la chaqueta. Al parecer, había encontrado el motivo por el que necesitaban un fontanero para la suite.

Así, tras quitarse la chaqueta, meterla en el bolso y secar el agua que había caído al suelo, había salido del baño del dormitorio, totalmente a oscuras, y, avanzando a tientas, había acabado chocando con el pecho de un hombre.

—Perdón, no pretendía asustarte —se había disculpado éste al oírla gritar—. Pensé que tal vez te encontraría aquí.

¡Era Álvaro!, ¿acaso la había visto y había llegado a reconocerla?

— ¿Sí? —acertó a preguntar Joanne.—He oído que querías verme... —había susurrado él.—Bueno... la verdad es que sí... aunque no quiero que te pierdas la fiesta —había respondido Joanne.—Se han ido todos a la suite de al lado. Hay un partido de fútbol y el televisor de allí es más grande —había comentado Álvaro, al tiempo que le acariciaba un hombro, hasta rozarle el cabello—. Te has dejado crecer el pelo. Me gusta.—Gracias —había susurrado Joanne, trémula por las caricias de Álvaro.—Relájate —había dicho éste entonces—. Sé que hace bastante tiempo, pero no tienes por qué estar tan nerviosa.—No estoy nerviosa —había mentido ella—. Pero sé que estás muy ocupado, así que... quizá debamos empezar cuanto antes.

Entonces, después de envolverla con los brazos y recostarla sobre la cama, Álvaro la había besado como nunca la habían besado en su vida.

—Álvaro, no creo que... —se había resistido ella, a pesar del placer que le estaban proporcionando las caricias de Álvaro..—Tranquila —la había interrumpido éste, al tiempo que le lamía el lóbulo de una oreja—. Es mucho mejor cuando no se piensa en nada.

Y era cierto. Jamás había sentido algo tan maravilloso. Después de tantos años, sus fantasías sexuales se estaban haciendo realidad. ¿Por qué iba a negarse ese placer? Tenía veinticuatro años. ¿No iba siendo hora de saber lo que era estar con un hombre?

Las manos de Álvaro le estaban recorriendo todo el cuerpo: los pechos, las piernas; le estaba levantando la falda y haciéndola sentir un calor desconocido que la impulsaba a apretarse a él más y más.

—Te noto diferente —había susurrado Álvaro entre dos besos.

Y era verdad. Desde el primero de los besos que se habían dado, ella había dejado de ser la pequeña Joanne Smith. Se había convertido en una mujer, que gemía y disfrutaba mientras Álvaro le desabrochaba la blusa, le quitaba el sostén y jugueteaba con sus pezones endurecidos.

Jamás había imaginado que pudiera sentir un placer semejante, que partía de su pecho y llegaba hasta sus partes más íntimas. Se arqueó buscándolo desesperadamente, provocándolo, hasta que Álvaro se colocó donde ella quería y necesitaba.

No sintió dolor, sino una inmensa e inefable satisfacción, cuando Álvaro la penetró. Una satisfacción más intensa con cada arremetida, hasta que él se desplomó vencido y la abrazó con cariño:

—Quédate conmigo, Cindy —le había susurrado.

¿Cindy?, se repitió Joanne, humillada. ¡Dios, la había confundido con otra mujer!, comprendió sin apenas respiración. De pronto deseó que la tierra se la tragara y se quedó quieta, inmóvil, hasta que Álvaro se hubo dormido y ella pudo vestirse y marcharse a oscuras.

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